- Queridos amigos, en esta ocasión tengo mi pensamiento puesto en un escritor chileno, uno de mis grandes admirados, el poeta Gonzalo Rojas.
- Hace pocos días ha sido sacudido por la enfermedad, un infarto cerebral le mantiene ahora en su cama rodeado de familiares y seres queridos que le llenan de energía positiva y cariño.
- Tiene 93 años y uno de los grandes, pintó las paredes de su casa después de muchos grises, de verde y azul como los ojos de su mujer, Hilda May, tenía un ojo de cada color.
- Su poesía mística y concupiscente a la par, como él mismo se define, es esa mezcla que hace temblar las telarañas de las bibliotecas. Es uno de los poetas más leídos del mundo.
- Cuando le preguntaron acerca de Dios, dijo lo siguiente:
- Y Dios, Rojas. ¿Usted cree en Dios?
- "Yo creo en mi Dios y le hablo despacito.
- No hay que hablar fuerte con él.
- En mí funciona un juego medio místico. Cuando la gente lee mis poesías de amor, dice: ¡cómo va a ser místico, este señor, casi libertino!
- Bueno, místico concupiscente, si tú quieres.
- Además, creo que el encantamiento amoroso y hasta el acto sexual es sagrado.
- Nadie puede andar diciendo que se trata de una profanación, ¡profanación de qué! A mí la culpa no me funciona y no tengo la culpa de que no me funcione. ¿El pecado? Menos. "
- Desde aquí, vayan todas nuestras energías y abrazos más sinceros para Gonzalo Rojas.
Me enamoré de ti cuando llorabas
a tu novio, molido por la muerte,
y eras como la estrella del terror
que iluminaba al mundo.
Oh cuánto me arrepiento
de haber perdido aquella noche, bajo los árboles,
mientras sonaba el mar entre la niebla
y tú estabas eléctrica y llorosa
bajo la tempestad, oh cuánto me arrepiento
de haberme conformado con tu rostro,
con tu voz y tus dedos,
de no haberte excitado, de no haberte
tomado y poseído,
oh cuánto me arrepiento de no haberte
besado.
Algo más que tus ojos azules, algo más
que tu piel de canela,
algo más que tu voz enriquecida
de llamar a los muertos, algo más que el fulgor
fatídico de tu alma,
se ha encarnado en mi ser, como animal
que roe mis espaldas con sus dientes.
Fácil me hubiera sido morderte entre las flores
como a las campesinas,
darte un beso en la nuca, en las orejas,
y ponerte mi mancha en lo más hondo
de tu herida.
Pero fui delicado,
y lo que vino a ser una obsesión
habría sido apenas un vestido rasgado,
unas piernas cansadas de correr y correr
detrás del instantáneo frenesí, y el sudor
de una joven y un joven, libres ya de la muerte.
Oh agujero sin fin, por donde sale y entra
el mar interminable
oh deseo terrible que me hace oler tu olor
a muchacha lasciva y enlutada
detrás de los vestidos de todas las mujeres.
¿Por qué no fui feroz, por qué no te salvé
de lo turbio y perverso que exhalan los difuntos?
¿Por qué no te preñé como varón
aquella oscura noche de tormenta?


